He ido a un bar, o eso creía…


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Tarde de domingo.
Iba yo con unos amigos de excursión por la montaña a ver un castillo que se encontraba en la cima de la misma. Al acabar la excursión y bajar de nuevo hacia los coches de repente surge la sugerencia de ir a tomar un refrigerio a un garito que hay a unos pocos kilómetros de allí, la decisión fue aprobada por unanimidad y casi sin pensar, pues que mejor que tomarse una cervecita bien fría después de haber estado varias horas correteando por la montaña?

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El bar estaba muy guapo consistía en unos 3 contenedores de mercancías de hierro de esos que llevan los barcos de mercancías. Estos contenedores los habían transformado por dentro en cocinas y tenían unas ventanas las cuales hacían como de barra de bar. Alrededor de los contenedores encontrabas distintas terracitas con sus mesas, sus sillas y su música “chillout”, todo muy modernito. Además tal garito estaba en lo alto de una ladera y tenía unas vistas al mar muy chulas.

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Aparcamos a unos 500 metros del bar ya que no se puede acceder hasta el en coche. A unos 400 metros ya escuchábamos música de fondo, veíamos por el camino a grupos de gente sentada en el césped contemplando el mar y a parejitas acurrucaditas observando el atardecer. Por fin atisbamos a unos 50 metros una terracita con gente y al camarero yendo de mesa en mesa. Es de vital importancia para la historia el detalle de que solo 1 de los 3 contenedores estaba abierto en forma de bar y la terracita era mas bien pequeña para lo que me esperaba encontrar, habría unos 20 clientes y lo normal sería unos 60 o 80.

De camino a la barra del Contenedor-Bar fuimos comentando que queríamos tomar cada uno para que cuando llegase el camarero ya pedirlo de golpe, después de haber esquivado las mesas y a los clientes de la terraza ya nos  encontrábamos en la barra, me di la vuelta y di un vistazo rápido a mi alrededor, a la gente que estaba sentada en la terraza, a la situación en general, y me di cuenta de que había algo raro en aquel sitio que no me cuadraba, era todo muy artificial, no era normal, algo estaba pasando, os explico.

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Los clientes de la terraza que estaban sentados no hablaban entre ellos y estaban inmóviles, el camarero iba de una mesa a otra comentando no se que a los clientes, había solo una chica por fuera de la barra muy veraniega ella mirando el móvil y mirándonos de reojo. De hecho todos los clientes iban extrañamente muy veraniegos y bien vestidos, incluso había una mujer la cual llevaba un sombrero estilo pamela, y también tenia un cigarro en la mano al cual no le daba una calada desde hace un rato largo (ese detalle se me quedo grabado a fuego no sé por qué :D), luego dentro de la cocina no había nadie, y la música que había además de estar bastante alta era música del estilo “Techno House” y no “chillout”, bueno lo de la música era lo de menos.

En ese lugar alguien había cometido un delito y tenían a todos los presentes de rehenes, Y NOS ACABÁBAMOS DE METER EN EL FREGAO DE CABEZA, MALDITA SEA!

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La verdad es que en el momento en el que observé el panorama no discurrí que esa podría ser la escena de un delito con posible homicidio pero vamos que la estampa que me encontré podría ser totalmente posible. Pero todo el entramado de lo que allí acontecía se me revelaría segundos más tarde cuando se me acercó el camarero y nos dijo: -Perdonar, estamos grabando un anuncio y estáis en el set de rodaje.

¡Madre mía y yo casi le pido 2 medianas y una de bravas!

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Y ahora se entiende todo lo anterior:
Que hubiese tan poca gente en el local, que estuviera abierto solo un Contenedor-Bar, que todos los clientes estuviesen inmóviles, que la chica del móvil nos mirase de reojo, que no hubiera nadie en la cocina, y el camarero, que no era el camarero sino que era el director del anuncio que iba de mesa en mesa dando ordenes a los actores de lo que tenían que hacer en la escena. Pero os preguntareis… y las cámaras? Pues estaban a 20 metros de la terraza junto a los altavoces en una zona de sombra que casi no se veían. A buenas horas nos dimos cuenta de ellas.

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Después de que nos comentasen lo que allí estaba sucediendo, dimos media vuelta y con una alta cantidad de vergüenza en nuestros cuerpos emprendimos el camino entre risas hacia nuestros coches.

Y hasta aquí mi anécdota hollywoodiesca de un domingo por la tarde.

Espero que os haya gustado familia, un abrazo y hasta la próxima!

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